1. ¿Qué se te ha dado? Se te ha dado el conocimiento de que eres una mente, de que te encuentras en una Mente y de que no eres sino mente, por siempre libre de pecado y totalmente exento de miedo al haber sido creado del Amor. No has abandonado tu Fuente, por lo tanto, sigues siendo tal como fuiste creado. Esto se te dio en forma de un conocimiento que no puedes perder. Ese conocimiento se le dio asimismo a todos los seres vivos, pues sólo mediante él viven.
2. Has recibido todo esto. No hay nadie en este mundo que no lo haya recibido. No es éste el conocimiento que tú transmites, pues es el conocimiento que la Creación otorgó. No es algo que se pueda aprender. ¿Qué es, entonces, lo que vas a aprender a dar hoy? Nuestra lección de ayer evocó un tema que se expone al principio del texto. La experiencia, a diferencia de la visión, no puede compartirse de manera directa. La revelación de que el Padre y el Hijo son uno alboreará en toda mente a su debido tiempo. Sin embargo, ese momento lo determina la mente misma, pues es algo que no se puede enseñar.
3. Ese momento ya ha sido fijado. Esto parece ser bastante arbitrario. No obstante, no hay nadie que dé ni un solo paso al azar a lo largo del camino. Ya lo dio, aunque todavía no haya emprendido la jornada. Pues el tiempo tan sólo da la impresión de que se mueve en una sola dirección. No hacemos sino emprender una jornada que ya terminó. No obstante, parece como si tuviera un futuro que todavía nos es desconocido.
4. El tiempo es un truco, un juego de manos, una gigantesca ilusión en la que las figuras parecen ir y venir como por arte de magia. No obstante, tras las apariencias hay un plan que no cambia. El guion ya está escrito. El momento en el que ha de llegar la experiencia que pone fin a todas tus dudas ya se ha fijado. Pues la jornada sólo se puede ver desde el punto donde terminó, desde donde podemos mirar hacia atrás e imaginarnos que la emprendemos otra vez y repasar mentalmente lo que sucedió.
5. Un maestro no puede dar su experiencia, pues no es algo que haya aprendido. Ésta se reveló a sí misma a él en el momento señalado. La visión, no obstante, es su regalo. Esto él lo puede dar directamente, pues el conocimiento de Cristo no se ha perdido, toda vez que Él tiene una visión que puede otorgar a cualquiera que la pida. La Voluntad del Padre y la Suya están unidas en el Conocimiento. No obstante, hay una visión que el Espíritu Santo ve porque la Mente de Cristo la contempla también.
6. Ahí el mundo de las dudas y de las sombras se une a lo intangible. He aquí un lugar tranquilo en el mundo que ha sido santificado por el perdón y el amor. Ahí se reconcilian todas las contradicciones, pues ahí termina la jornada. La experiencia—que no se puede aprender, enseñar o ver—simplemente se encuentra ahí. Esto es algo que está más allá de nuestro objetivo, pues trasciende lo que es necesario lograr. Lo que nos interesa es la visión de Cristo. Y esto lo podemos alcanzar.
7. La visión de Cristo está regida por una sola ley. No ve el cuerpo ni lo confunde con el Hijo que Dios creó. Contempla una luz que se encuentra más allá del cuerpo; una idea que yace más allá de lo que se puede palpar; una pureza que no se ve menoscabada por errores, por lamentables equivocaciones o por aterradores pensamientos de culpabilidad nacidos de los sueños de pecado. No ve separación alguna. Y contempla a todo el mundo, en toda circunstancia, evento o suceso, sin que la luz que ve se atenúe en lo más mínimo.
8. Esto se puede enseñar; y todo aquel que quiera alcanzarlo debe enseñarlo. Lo único que es necesario es el reconocimiento de que el mundo no puede dar nada cuyo valor pueda ni remotamente compararse con esto, ni fijar un objetivo que sencillamente no desaparezca una vez que esto se haya percibido. Y esto es lo que vas a dar hoy: no ver a nadie como un cuerpo y saludar a todo el mundo como el Hijo de Dios que es, reconociendo que es uno contigo en santidad.
9. Así es como sus pecados le son perdonados, pues la visión de Cristo tiene el poder de pasarlos a todos por alto. En Su perdón se desvanecen. Al ser imperceptibles para el Uno, simplemente desaparecen, pues la visión de la santidad que se halla más allá de ellos viene a ocupar su lugar. No importa la forma en que se manifestaban, ni lo enormes que parecían ser ni quién pareció sufrir sus consecuencias. Ya no están ahí. Y todos los efectos que parecían tener desaparecieron junto con ellos, al haber sido erradicados para ya nunca más volver.
10. Así es como aprendes a dar tal como recibes. Y así es como la visión de Cristo te contempla a ti también. Esta lección no es difícil de aprender si recuerdas que en tu hermano te ves a ti mismo. Si él se encuentra inmerso en el pecado, tú también lo estás; si ves luz en él, es que te has perdonado a ti mismo tus pecados. Cada hermano con quien hoy te encuentres te brinda una nueva oportunidad para dejar que la visión de Cristo brille sobre ti y te ofrezca la Paz de Dios.
11. Es irrelevante cuándo ha de llegar esta revelación, pues no tiene nada que ver con el tiempo. No obstante, el tiempo aún nos tiene reservado un regalo, en el que el verdadero conocimiento se refleja de manera tan precisa que su imagen comparte su invisible santidad y su semejanza resplandece con su amor inmortal. Nuestra práctica de hoy consiste en ver todo con los ojos de Cristo. Y mediante los santos regalos que damos, la visión de Cristo nos contempla a nosotros también.
REFLEXIÓN:
La lección de hoy se titula: “Hoy aprendo a dar tal como recibo”. Ante tal planteamiento vienen a nuestra mente tantas cosas que podemos dar y que ya hemos recibido, pero muy seguramente lo que nos dicen que vamos a dar hoy no estuvo ni por un segundo entre las posibilidades de nuestra mente: “No ver a nadie como un cuerpo y saludar a todo el mundo como el Hijo de Dios que es, reconociendo que es uno contigo”. Y eso que me dicen que voy a dar es porque ya lo he recibido aunque no sepa cómo, cuándo, dónde, y quién me lo dio. Pero hoy tomamos consciencia que ese regalo lo recibimos directamente de Cristo:
“La visión de Cristo está regida por una sola ley. No ve el cuerpo ni lo confunde con el Hijo que Dios creó. Contempla una luz que se encuentra más allá del cuerpo; una idea que yace más allá de lo que se puede palpar; una pureza que no se ve menoscabada por errores, por lamentables equivocaciones o por aterradores pensamientos de culpabilidad nacidos de los sueños de pecado. No ve separación alguna. Y contempla a todo el mundo, en toda circunstancia, evento o suceso, sin que la luz que ve se atenúe en lo más mínimo”.
Sí, así es como aprendemos a dar tal como recibimos, porque si Cristo nos mira como el espíritu impecable que somos, ¿cómo podríamos pretender ver a nuestros hermanos solamente como un cuerpo corruptible y pecaminoso, y omitir que son espíritu? Creo que esto que nos dicen hoy es tan certero que no podemos dudar ni por un segundo que lo que recibimos de Cristo es lo mismo que debemos dar a nuestros hermanos. Y nos lo dicen de manera hermosa: “Cada hermano con quien hoy te encuentres te brinda una nueva oportunidad para dejar que la visión de Cristo brille sobre ti y te ofrezca la Paz de Dios”.
Recuerdo especialmente un pasaje de la Biblia (Juan 8: 3-11) que ejemplifica claramente la visión de Cristo, y es cuando le llevan a Jesús a una mujer que fue sorprendida en adulterio, y los escribas y los fariseos le dicen que según la ley de Moisés ella debía ser apedreada, pero obviamente ellos sabían de la benevolencia de Jesús, y buscaban que Él la protegiera para poder acusarlo por no cumplir con la ley. Todos conocemos esta historia y la manera tan sorprendente como los confrontó:
“... los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.
Creo que la mayoría de nosotros siempre pensó que este pasaje destacaba la benevolencia de Jesús y su capacidad de no juzgar y perdonar, y cómo ese era el ejemplo que debíamos seguir. El poder actuar así nos hacía sentir “superiores”, pues parecernos a Jesús era un orgullo y un honor, pero hoy comprendemos que el mensaje oculto de sus enseñanzas, como en este caso, es que Jesús no estaba contemplando el cuerpo sino el espíritu, y por eso era imposible que Él viera algo malo en los actos de la mujer. Incluso, Él no se refiere a los escribas y a los fariseos de manera negativa cuando habla con la mujer, sino que simplemente le dice: ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Y al final le dice que tampoco la condena, y que no peque más.
Ante una situación como esta, la reacción normal de una persona que ayuda a otra es señalar a los acusadores como victimarios, y potenciar a la víctima recalcando que acaba de recibir ayuda. Jesús no la victimiza, y tampoco juzga a quienes la acusan, simplemente los confronta.
Creo que cada vez nos queda más claro que al no identificarnos con el cuerpo, y reconocer que somos Espíritu, estamos más cerca de permitir que la “visión de Cristo” brille en nosotros con mucha intensidad, para poder dar a nuestros hermanos lo que hemos recibido de Cristo también.
ORACIÓN:
Padre, se me ha dado el conocimiento de que soy una mente, que me encuentro en una Mente, y que no soy sino mente, “por siempre libre de pecado y totalmente exento de miedo al haber sido creado del Amor”. Y así como yo he recibido esto, todos mis hermanos también lo han recibido, y por eso te pido la gracia de no verlos como un cuerpo, y saludarlos como Hijos de Dios, reconociendo que son uno contigo en santidad. Amén.
Muchas Gracias, pienso lo mismo que ayer
ResponderBorrarGracias, que el Santo Espíritu de Cristo te siga guiando.
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