1. ¡Cuán santo eres que tienes el poder de brindar paz a todas las mentes! ¡Cuán bendito eres que puedes aprender a reconocer los medios por los que esto se puede lograr a través de ti! ¿Qué otro propósito podrías tener que pudiese brindarte mayor felicidad?
2. Ciertamente eres la luz del mundo con semejante función. El Hijo de Dios apela a ti para su redención. En tus manos está poder concedérsela porque te pertenece. No aceptes en su lugar ningún propósito trivial ni ningún deseo insensato, o te olvidarás de tu función y dejarás al Hijo de Dios en el infierno. No se te está haciendo una petición vana. Se te está pidiendo que aceptes la salvación, para que así la puedas dar.
3. Puesto que reconocemos la importancia de esta función, estaremos más que dispuestos a recordarla tan a menudo como nos sea posible a lo largo del día. Empezaremos el día reconociendo nuestra función y lo concluiremos pensando en ella. Repetiremos lo siguiente tantas veces como nos sea posible en el transcurso del día:
La luz del mundo brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón. Soy el instrumento que Dios ha designado para la salvación del mundo.
4. Si cierras los ojos probablemente te resultará más fácil dejar que acudan a tu mente pensamientos afines, durante el minuto o dos que debes dedicar a reflexionar sobre esto. No obstante, no esperes a que se presente tal oportunidad. No se debe perder ni una sola ocasión para reforzar la idea de hoy. Recuerda que el Hijo de Dios apela a ti para su salvación. ¿Y quién sino tu Ser es el Hijo de Dios?
REFLEXIÓN:
Después de haber pasado la mayor parte de nuestras vidas escuchando cuán pecadores éramos, nos puede desconcertar que hoy nos digan que somos santos y que tenemos el “poder de brindar paz a todas las mentes”. Parece que estamos descubriendo que teníamos un poder oculto que estuvo por mucho tiempo dormido o escondido, y era imposible ver porque pesaba sobre nosotros la carga de las equivocaciones, supuestos pecados, indiferencia, desamor, y tantas otras cosas que nos distrajeron de poder ser conscientes de quienes realmente éramos y de dónde proveníamos. Sí, nos contaron que éramos hijos de Dios, pero parece que todos hacíamos parte del redil de las ovejas perdidas, de las que nadie se ocupa porque “estorban” o simplemente a nadie le interesan. Cuando por primera vez nos hablaron de Jesús y de su amor incondicional, también nos hicieron creer que sólo Él podía tener esas características, y que nosotros debíamos mirarlo desde abajo, porque siempre nos recordaban que estaba “clavado en una cruz” por culpa de nuestros pecados. Y era contradictorio escuchar que siendo hijos de Dios, cargábamos con un “pecado original” por el que debíamos pagar si queríamos ser redimidos. Y los santos eran pocos, una excepción de la regla, y siempre que escuchábamos sus historias nos afligía el sufrimiento por el que tuvieron que pasar para poder ser llamados así. En fin, ya no es tiempo de recordar ese pasado tan angustiante, sino más bien aceptar con alegría que, por ser Hijos de Dios, nos dieron una función muy importante y que no es otra que brindar “paz a todas las mentes” a través del perdón. Vinimos a ser instrumento de Dios para la salvación del mundo, y de ese mundo hacemos parte sólo si aceptamos la función y la cumplimos.
ORACIÓN:
Padre, guíame en este proceso de aceptar que ciertamente soy la luz del mundo, y así poder brindar “paz a todas las mentes a través de mi perdón”. Acepto la salvación porque la quiero dar a mis hermanos. Amén.
Mi paz a toda mente y a cada herman@ que se cruce en mi camino
ResponderBorrar¡Amén!
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