1. Tienes derecho a los milagros debido a lo que eres. Recibirás milagros debido a lo que Dios es. Y ofrecerás milagros debido a que eres uno con Él. Una vez más, ¡cuán simple es la salvación! Es sencillamente una afirmación de tu verdadera identidad. Esto es lo que celebraremos hoy.
2. Tu derecho a los milagros no se basa en las ilusiones que tienes acerca de ti mismo. No depende de ningún poder mágico que te hayas atribuido ni de ninguno de los rituales que has ingeniado. Es inherente a la verdad de lo que eres. Está implícito en lo que Dios, tu Padre, es. Tu derecho a los milagros quedó establecido en tu creación y está garantizado por las Leyes de Dios.
3. Hoy reivindicaremos los milagros a los que tienes derecho, pues te pertenecen. Se te ha prometido total liberación del mundo que construiste. Se te ha asegurado que el Reino de Dios se encuentra dentro de ti y que nunca lo puedes perder. No pedimos sino lo que en verdad nos pertenece. Hoy, sin embargo, nos aseguraremos también de no conformarnos con menos.
4. Comienza las sesiones de práctica más largas de hoy diciéndote a ti mismo con absoluta certeza que tienes derecho a los milagros. Cierra los ojos y recuerda que estás pidiendo únicamente lo que por derecho propio te pertenece. Recuérdate también a ti mismo que los milagros nunca se le quitan a uno para dárselos a otro, y que al reivindicar tus derechos estás haciendo valer los derechos de todo el mundo. Los milagros no obedecen las leyes de este mundo. Provienen simplemente de las Leyes de Dios.
5. Después de esta breve fase introductoria, espera en silencio la ratificación de que tu petición te ha sido concedida. Has pedido la salvación del mundo así como la tuya. Has pedido que se te concedan los medios a través de los cuales se puede lograr esto. Es imposible que no se te den garantías al respecto. No estás sino pidiendo que se haga la Voluntad de Dios.
6. Al hacer esto no estás realmente pidiendo nada. Estás afirmando un hecho innegable. El Espíritu Santo no puede sino asegurarte que tu petición te ha sido concedida. El hecho de que la aceptases lo confirma. Hoy no hay cabida para la duda ni la incertidumbre. Estamos haciendo por fin una petición real. La respuesta es una simple exposición de un simple hecho. Recibirás la ratificación que buscas.
7. Nuestras sesiones de práctica más cortas serán frecuentes, y estarán dedicadas a recordar un simple hecho. Repite hoy frecuentemente:
Tengo derecho a los milagros.
Pídelos cada vez que se presente una situación que los requiera. Reconocerás tales situaciones. Y como no estás dependiendo de ti mismo para encontrar el milagro, tienes pleno derecho a recibirlo siempre que lo pidas.
8. Recuerda también que no te debes conformar con nada que no sea la respuesta perfecta. Si te asaltan tentaciones, di de inmediato:
No intercambiaré milagros por resentimientos.
Quiero únicamente lo que me pertenece.
Dios ha establecido mi derecho a los milagros.
REFLEXIÓN:
Tengo derecho a los milagros porque provienen de las leyes de Dios, en donde nadie queda excluido. Soy un santo hijo de Dios libre de resentimientos y por eso los milagros llegan a mí. Ahora lo que tenemos que hacer es creer firmemente que por ser hijos de Dios nos hemos ganado el derecho a los milagros y por lo tanto también los podemos ofrecer. ¿Qué se me pide a cambio? ¡Nada! Pero al finalizar la lección nos dicen que si nos asalta la tentación, que no es otra cosa que los resentimientos, debemos decir: “No intercambiaré milagros por resentimientos”. Eso significa que, sólo si no suelto el rencor, no puedo acceder a los milagros, pero no es porque me los están quitando, porque afuera de nosotros no hay nadie queriendo hacernos daño, sino somos nosotros negándonos el gozo de tomarlos. Entonces, si quiero lo que me pertenece, porque Dios ha establecido mi derecho a los milagros, sólo tengo que contrarrestar las “tentaciones” con la paz de Dios, que no es otra cosa que el amor incondicional por mis hermanos.
ORACIÓN:
Padre, que por Tu gracia yo no deje de disfrutar de los milagros que me has otorgado. Quiero lo que me pertenece y por eso pongo en Tus manos cada acto de rencor que pueda anidar en mi corazón, para que sea transmutado con Tu Eterno Amor. Amén.
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