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miércoles, 3 de diciembre de 2025

LECCIÓN 337: Mi impecabilidad me protege de todo daño.



1. Mi impecabilidad me garantiza una perfecta paz, eterna seguridad, un amor imperecedero, mantenerme eternamente a salvo de todo pensamiento de pérdida y liberarme completamente del sufrimiento. Mi estado sólo puede ser uno de felicidad, pues eso es lo único que se me da. ¿Qué debo hacer para saber que todo esto me pertenece? Aceptar la Expiación para mí mismo y nada más. Dios ya hizo todo lo que había que hacer. Y lo que tengo que aprender es a no hacer nada por mi cuenta, pues sólo necesito aceptar mi Ser, mi impecabilidad—la cual se creó para mí y ahora es mía—para sentir el Amor de Dios protegiéndome de todo daño, para entender que mi Padre ama a Su Hijo y para saber que soy el Hijo que mi Padre ama.


2. Tú que me creaste en la impecabilidad no puedes estar equivocado con respecto a lo que soy. Era yo quien estaba equivocado al pensar que había pecado, pero ahora acepto la Expiación para mí mismo. Padre, mi sueño termina ahora. Amén.


REFLEXIÓN:


Acepto la expiación y suelto las prevenciones. Acepto porque es la única manera de dar el primer paso. Si no hay “aceptación” todo seguirá igual y no podremos “sentir el Amor de Dios” protegiéndonos de cualquier cosa que nos pueda  causar dolor. Es tan fácil, pero a la vez difícil, porque en este mundo terrenal estamos aprendiendo, y cuando aceptamos algo, departe de Dios, aunque Él “ya hizo todo lo que había que hacer”, nosotros tenemos que enfrentar la realidad que nos confronta, no sólo con nuestros aprendizajes personales, sino con todo a lo que hemos dicho sí. Por eso el “perdón” se hace difícil, porque cuando leemos las lecciones la aceptamos intelectualmente, pero cuando se pone frente a nosotros ese hermano que nos está ayudando a ponerlas en práctica, es entonces cuando damos media vuelta y preferimos hacernos los desentendidos, o simplemente claudicar y decir: ¡Qué haga otro el trabajo, esto no es para mí!


Así que ante la pregunta: “¿Qué debo hacer para saber que todo esto me pertenece?”, sólo tenemos que “Aceptar la Expiación”, y dejar que el Espíritu Santo nos vaya guiando para corregir las percepciones erróneas que no nos permiten ver que hemos estado equivocados sintiendo culpa, y juzgando a los demás.


ORACIÓN:


Padre, acepto la expiación porque sé que Tú ya hiciste todo lo que había que hacer para que yo pudiera estar libre de daño. Me “creaste en la impecabilidad”, y me he pasado la vida viviendo en la culpa, pero ahora acepto mi Ser  para despertar del sueño de la muerte y vivir en la “perfecta paz”  que Tú me ofreces. Amén.



Lecturas complementarias: 


SEGUNDA PARTE: Introducción 

https://uncursodemilagroscadadia.blogspot.com/p/segunda-parte-introduccion.html


2. ¿Qué es el ego?

https://uncursodemilagroscadadia.blogspot.com/p/12-que-es-el-ego.html


viernes, 14 de noviembre de 2025

LECCIÓN 318: Soy el medio para la salvación, así como su fin.




1. En mí—el santo Hijo de Dios—se reconcilian todos los aspectos del plan celestial para la salvación del mundo. ¿Qué podría estar en conflicto, cuando todos los aspectos comparten un mismo propósito y una misma meta? ¿Cómo podría haber un solo aspecto que estuviese separado o que tuviera mayor o menor importancia que los demás? Soy el medio por el que el Hijo de Dios se salva porque el propósito de la salvación es encontrar la impecabilidad que Dios ubicó en mí. Fui creado como Aquello tras lo cual ando en pos. Soy el objetivo que el mundo anda buscando. Soy el Hijo de Dios, Su único y eterno amor. Soy el medio para la salvación, así como su fin.


2. Que asuma hoy, Padre mío, el papel que me ofreces al pedirme que acepte la Expiación para mí mismo. Pues lo que de este modo se reconcilia en mí se reconcilia igualmente en Ti.


REFLEXIÓN:


Yo, tú, él… Todos somos “el objetivo que el mundo anda buscando.”, “el Hijo de Dios, Su único y eterno amor.”, “el medio para la salvación, así como su fin.”.  Individualmente no se cumple el plan para la salvación, porque no depende sólo de mí, sino también de mi hermano: si él no se salva, yo  tampoco. Y él, desde su individualidad, tampoco puede hacer nada, porque también depende de otro ser. Somos uno,  no hay separación, y eso es lo que debemos comprender, aceptar e integrar, para poder ser el medio y el fin para la que se cumpla en plan de Dios para la salvación.


ORACIÓN:


Padre, acepto y asumo “el papel que me ofreces al pedirme que acepte la Expiación para mí mismo.”. Si “Soy el objetivo que el mundo anda buscando”, heme aquí con el corazón dispuesto para que se haga Tu Voluntad en mí. Amén.



Lecturas complementarias:


SEGUNDA PARTE: Introducción:

https://uncursodemilagroscadadia.blogspot.com/p/segunda-parte-introduccion.html


2. ¿Qué es el Juicio Final?

https://uncursodemilagroscadadia.blogspot.com/p/10-que-es-el-juicio-final.html


viernes, 30 de mayo de 2025

LECCIÓN 150: (Repaso lecciones 139 y 140)



Cuarto repaso: Importante leer la introducción:

https://uncursodemilagroscadadia.blogspot.com/p/cuarto-repaso-introduccion.html


Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios.


(139) Aceptaré la Expiación para mí mismo.

(140) La salvación es lo único que cura.


ORACIÓN:


Padre,  soy espíritu, soy tal como me creaste, y aceptar la “Expiación” es reconocerte. Soy uno con mis hermanos porque al crearnos nos incluiste a todos, y por eso hoy 

aceptamos que la “salvación es lo único que cura”. Qué Tu Voz se escuche por todo el universo “para que nos podamos curar”. Amén.


martes, 20 de mayo de 2025

LECCIÓN 140: La salvación es lo único que cura.



1. La palabra “cura” no puede aplicarse a ningún remedio que el mundo considere beneficioso. Lo que el mundo percibe como un remedio terapéutico es sólo aquello que hace que el cuerpo se sienta “mejor”. Mas cuando trata de curar a la mente, no la considera como algo separado del cuerpo, en el que cree que ella existe. Sus métodos de curación, por lo tanto, no pueden sino substituir una ilusión por otra. Una creencia en la enfermedad adopta otra forma, y de esta manera el paciente se siente ahora restablecido.


2. Mas no se ha curado. Simplemente soñó que estaba enfermo y en el sueño encontró una fórmula mágica para curarse. Sin embargo, no ha despertado del sueño, de modo que su mente continúa en el mismo estado que antes. No ha visto la luz que lo podría despertar y poner fin a su sueño. ¿Qué importancia tiene en realidad el contenido de un sueño? Pues o bien uno está dormido o bien despierto. En esto no hay términos medios.


3. Los dulces sueños que el Espíritu Santo ofrece son diferentes de los del mundo, donde lo único que uno puede hacer es soñar que está despierto. Los sueños que el perdón le permite percibir a la mente no inducen a otra forma de sueño a fin de que el soñador pueda soñar otro sueño. Sus sueños felices son los heraldos de que la verdad ha alboreado en su mente. Te conducen del sueño a un dulce despertar, de modo que todos los sueños se desvanecen. Y así, sanan por toda la eternidad.


4. La Expiación cura absolutamente y cura toda clase de enfermedad. Pues la mente que entiende que la enfermedad no es más que un sueño no se deja engañar por ninguna de las formas que el sueño pueda adoptar. Donde no hay culpa no puede haber enfermedad, pues ésta no es sino otra forma de culpa. La Expiación no cura al enfermo, pues eso no es curación. Pero sí elimina la culpa que hacía posible la enfermedad. Y eso es ciertamente curación. Pues ahora la enfermedad ha desaparecido y no queda nada a lo que pueda regresar.


5. ¡Que la paz sea contigo que has sido curado en Dios y no en sueños vanos! Pues la curación tiene que proceder de la santidad, y la santidad no puede encontrarse allí donde se concede valor al pecado. Dios mora en templos santos. Allí donde ha entrado el pecado se Le obstruye el paso. No obstante, no hay ningún lugar en el que Él no esté. Por lo tanto, el pecado no tiene un hogar donde poder ocultarse de Su beneficencia. No hay lugar del que la santidad esté ausente ni ninguno donde el pecado y la enfermedad puedan morar.


6. Éste es el pensamiento que cura. No hace distinciones entre una irrealidad y otra. Tampoco trata de curar lo que no está enfermo, al ser consciente únicamente de dónde hay necesidad de curación. Esto no es magia. Es simplemente un llamamiento a la verdad, la cual no puede dejar de curar, y curar para siempre. No es un pensamiento que juzgue una ilusión por su tamaño, su aparente gravedad o por nada que esté relacionado con la forma en que se manifiesta. Sencillamente se concentra en lo que es, y sabe que ninguna ilusión puede ser real.


7. No tratemos hoy de curar lo que no puede enfermar. La curación se tiene que buscar allí donde se encuentra, y entonces aplicarse a lo que está enfermo para que se pueda curar. Ninguno de los remedios que el mundo suministra puede producir cambio alguno en nada. Pero la mente que lleva sus ilusiones ante la verdad cambia realmente. No hay otro cambio que éste. Pues ¿cómo puede una ilusión diferir de otra sino en atributos que no tienen substancia, realidad, núcleo ni nada que sea verdaderamente diferente?


8. Hoy nos proponemos cambiar de parecer con respecto a lo que constituye la fuente de la enfermedad, pues lo que buscamos es una cura para todas las ilusiones, y no meramente un cambio en ellas. Hoy vamos a tratar de encontrar la fuente de la curación, la cual se encuentra en nuestras mentes porque nuestro Padre la ubicó ahí para nosotros. Está tan cerca de nosotros como nosotros mismos. Está tan cerca de nosotros como nuestros propios pensamientos, tan próxima que es imposible que la podamos perder de vista. Sólo necesitamos buscarla y con toda seguridad la hallaremos.


9. Hoy no nos dejaremos engañar por lo que a nosotros nos parece que está enfermo. E iremos más allá de las apariencias hasta llegar a la fuente de la curación, de la que nada está exento. Tendremos éxito en la medida en que nos demos cuenta de que jamás se puede hacer una distinción válida entre lo que es falso y lo que es igualmente falso. En esto no hay grados ni ninguna creencia de que lo que no existe puede ser más cierto en algunas de sus formas que en otras. Todas las ilusiones son falsas, y se pueden subsanar precisamente porque no son verdad.


10. Así pues, dejamos a un lado nuestros amuletos, nuestros talismanes y medicamentos, así como nuestras encantaciones y trucos mágicos de la clase que sean. Sencillamente permaneceremos en perfecta quietud a la escucha de la Voz de la curación, la cual curará todos los males como si de uno solo se tratase, restaurando así la cordura del Hijo de Dios. otra voz salvo Ésta puede curar. Hoy escucharemos una sola Voz, la cual nos habla de la verdad en la que toda ilusión acaba, y la paz retorna a la eterna y apacible morada de Dios.


11. Al despuntar el día nos despertamos oyéndolo a Él y permitiendo que nos hable durante cinco minutos; y al concluir el día Lo volvemos a escuchar cinco minutos más antes de irnos a dormir. Nuestra única preparación consistirá en dejar a un lado los pensamientos que constituyen una interferencia, no uno por uno, sino todos de una vez. Pues todos son lo mismo. No hace falta hacer distinciones entre ellos y demorar así el momento en que podamos oír a nuestro Padre hablarnos. Lo oímos ahora. Hoy venimos a Él.


12. Sin nada en nuestras manos a lo que aferrarnos, y con el corazón exaltado y la mente atenta, oremos:


La salvación es lo único que cura.

Háblanos, Padre, para que nos podamos curar.


Y sentiremos la salvación cubrirnos con amorosa protección y con una paz tan profunda que ninguna ilusión podría perturbar nuestras mentes ni ofrecernos pruebas de que es real. Esto es lo que aprenderemos hoy. Repetiremos cada hora nuestra plegaria de curación, y cuando el reloj marque la hora, dedicaremos un minuto a oír la respuesta a nuestra plegaria, que se nos da según aguardamos felizmente en silencio. Hoy es el día en que nos llega la curación. Hoy es el día en que a la separación le llega su fin y en el que recordamos Quién somos en verdad.


REFLEXIÓN:


El aceptar que soy tal como Dios me creó, el aceptar que no soy cuerpo sino espíritu, que es vida eterna, es lo único que cura. Y eso es la “Expiación” como lo vimos en la lección de ayer. Nos lo dicen de la siguiente manera:  “La Expiación cura absolutamente y cura toda clase de enfermedad. Pues la mente que entiende que la enfermedad no es más que un sueño no se deja engañar por ninguna de las formas que el sueño pueda adoptar”


Y nos dan la clave para la curación: “Donde no hay culpa no puede haber enfermedad, pues ésta no es sino otra forma de culpa”. Y la culpa nace de la acción de juzgar, porque cuando juzgo veo pecado, y es el pecado el que pone en mí el sentimiento de culpa, ya sea porque me juzgo, o cuando juzgo a mi hermano, pues veo su “pecado” y lo culpo. Ahí quedé inmerso, junto con él, en la culpa, y esa es la enfermedad que luego se manifiesta en el cuerpo porque éste sí es vulnerable a todas esas emociones que se generan cuando veo culpa. Y nos explican muy bien como funciona este proceso:  “La Expiación no cura al enfermo, pues eso no es curación. Pero sí elimina la culpa que hacía posible la enfermedad. Y eso es ciertamente curación. Pues ahora la enfermedad ha desaparecido y no queda nada a lo que pueda regresar”.


Luego nos dicen que “ la curación tiene que proceder de la santidad, y la santidad no puede encontrarse allí donde se concede valor al pecado”.  La manera de concederle valor al pecado es cuando juzgo, si no juzgo ni bueno ni malo, no puedo ver pecado, simplemente estoy observando las cosas tal y como sin otorgarles un valor, porque si digo: “esa persona es buena”, estoy juzgando una apariencia y ya  tiene un potencial que puede cambiar porque también puede en algún momento ser “mala”. Juzgar no se aplica solamente a lo que para mí es negativo, sino a todo aquello que le doy un valor: un juicio de valor. Entonces, no juzgar es no otorgarle valor a nada, las cosas simplemente son y ocupan un lugar y tiene una función. Las personas simplemente son nuestros hermanos que comparten este mundo material con nosotros, también tiene un propósito, y son, al igual que yo, tal como Dios las creó. Esa sería una manera de entender la “Expiación”.


Y nos dicen que la fuente de la curación está “en nuestras mentes porque nuestro Padre la ubicó ahí para nosotros”.  Ese es el motivo por el que el propósito de este curso es sanar nuestra mente, porque si no sana, la curación no estará a nuestro alcance. Y la mente tiene que sanar de las ilusiones de separación que es la causa de nuestras enfermedades, porque en el momento en que tomemos conciencia de que todos somos uno, entenderemos que nada hay fuera de nosotros que nos esté causando dolor, y  más bien, somos nosotros mismos los que nos hemos estado haciendo daño. ¿Cómo podríamos seguir culpándonos a nosotros mismos? Porque si yo en verdad creo que soy  uno con mi hermano, ¿podría seguir culpándolo de algo? ¿Podría seguir viendo pecado en él? Sólo cuando en verdad lo creamos diremos que no. Mientras tanto la enfermedad será causa de dolores en nuestra vida, porque está comprobado que son las emociones mal gestionadas las que provocan síntomas en el cuerpo físico, y tiene sentido cuando nos dicen que la culpa provoca que estemos enfermos. Son los pensamientos un arma de doble filo, porque nos pueden mantener en equilibrio, o causar dolor. 


Y si hoy nos dicen que la salvación es lo único que cura, y si la salvación procede de mí, como ya nos lo explicaron en la Lección No.70, nuestra tarea es no abrigar resentimientos, a través de la culpa, porque estaríamos atacando el plan de salvación que Dios planeó para nosotros porque nos quería sanos y no enfermos.


ORACIÓN:


“La salvación es lo único que cura. Háblanos, Padre, para que nos podamos curar". Amén.


lunes, 19 de mayo de 2025

LECCIÓN 139: Aceptaré la Expiación para mí mismo.



1. Con esto se acaban todas las decisiones. Pues con esta lección llegamos a la decisión de aceptarnos a nosotros mismos tal como Dios nos creó. ¿Y qué significa tener alternativas entre las que elegir sino incertidumbre con respecto a lo que somos? No hay duda que no esté enraizada en esto. No hay pregunta que no sea un reflejo de ello. No hay conflicto que no entrañe la única y simple pregunta: “¿Qué soy?”


2. Mas ¿quién podría hacerse esta pregunta excepto alguien que se haya negado a reconocerse a sí mismo? Sólo esta negativa a aceptarte a ti mismo es lo que hace que la pregunta parezca sincera. Lo único que cualquier ser vivo puede saber con certeza es lo que él es. Desde esta perspectiva de certeza, contempla otros seres que tienen tanta certeza como él.


3. Tener incertidumbre con respecto a lo que indudablemente eres es una forma de autoengaño de tan gran escala que es difícil concebir su magnitud. Estar vivo y no conocerte a ti mismo es creer que en realidad estás muerto. Pues ¿qué es la vida sino ser lo que eres? aY ¿qué otra cosa sino tú podría estar viva en tu lugar? ¿Quién es el que duda? ¿De qué es de lo que duda? ¿A quién le pregunta? ¿Quién le puede responder?


4. Al dudar, está simplemente declarando que él no es quien realmente es y, por lo tanto, al creer ser otra cosa, se convierte en inquisidor de lo que esa otra cosa es. Sin embargo, no podría estar vivo si no supiera la respuesta. Si pregunta como si no supiese, es señal de que no quiere ser lo que es. Sin embargo, debe haber aceptado lo que es puesto que vive; también ha juzgado contra ello y negado su valor, y ha decidido que desconoce la única certeza mediante la cual vive.


5. De esta manera, se vuelve inseguro con respecto a su vida, pues ha negado lo que ésta es. Esta negación es lo que hace que tengas necesidad de la Expiación. Tu negación no cambió en nada lo que eres. Pero has dividido tu mente en dos partes: una que conoce la verdad y otra que no. Tú eres tú mismo. De esto no hay duda. Sin embargo, lo dudas. Mas no te preguntas qué parte de ti es la que puede realmente poner en duda lo que eres. Aquello que hace esa pregunta no puede realmente ser parte de ti. Pues le hace la pregunta a alguien que sabe la respuesta. Mas si fuese parte de ti, entonces la certeza sería imposible.


6. La Expiación pone fin a la extraña idea de que puedes dudar de ti mismo y no estar seguro de lo que realmente eres. Esto es el colmo de la locura. Sin embargo, es la pregunta universal del mundo. ¿Qué puede eso significar sino que el mundo está loco? ¿Por qué compartir su locura aceptando la desafortunada creencia de que lo que aquí se considera universal es verdad?


7. Nada de lo que el mundo cree es verdad. Pues el mundo es un lugar cuyo propósito es servir de hogar para que los que dicen no conocerse a sí mismos puedan venir a cuestionar qué es lo que son. Y seguirán viniendo hasta que la Expiación sea aceptada y aprendan que es imposible dudar de uno mismo, así como no ser consciente de lo que uno es.


8. Lo único que se te puede pedir es tu aceptación, pues lo que eres es algo incuestionable. Quedó establecido para siempre en la santa Mente de Dios y en la tuya propia. Está tan lejos de cualquier duda o de que se cuestione, que preguntarse lo que debe ser es prueba suficiente de que crees en la contradicción de que no sabes aquello que es imposible que no sepas. ¿Es esto una pregunta o bien una afirmación que se niega a sí misma? No sigamos tolerando que nuestras santas mentes se entretengan en semejantes necedades.


9. Tenemos una misión que cumplir aquí. No vinimos a reforzar la locura en la que una vez creímos. No olvidemos el objetivo que aceptamos. Vinimos a alcanzar mucho más que nuestra propia felicidad. Lo que aceptamos ser proclama lo que todo el mundo no puede sino ser junto con nosotros. No les falles a tus hermanos o te estarás fallando a ti mismo. Contémplalos con amor, para que puedan saber que forman parte de ti y tú de ellos.


10. Esto es lo que la Expiación enseña y lo que demuestra que la Unicidad del Hijo de Dios no se ve afectada por su creencia de que no sabe lo que es. Acepta hoy la Expiación, no para cambiar la realidad, sino simplemente para aceptar la verdad de lo que eres, y luego sigue tu camino regocijándote en el infinito Amor de Dios. Esto es lo único que se nos pide hacer. Esto es lo único que haremos hoy.


11. Dedicaremos cinco minutos por la mañana y cinco por la noche a tener presente nuestro cometido de hoy. Comenzaremos haciendo un repaso acerca de cuál es nuestra misión:


Aceptaré la Expiación para mí mismo, pues aún soy tal como Dios me creó.


No hemos perdido el conocimiento que Dios nos dio cuando nos creó a Su semejanza. Podemos recordarlo por todos, pues en la Creación todas las mentes son una. Y en nuestra memoria yace el recuerdo de lo mucho que en verdad amamos a nuestros hermanos, de lo mucho que cada mente es parte de nosotros, de cuán fieles nos han sido realmente y de cómo el Amor de nuestro Padre los incluye a todos.


12. Como muestra de gratitud por toda la Creación, y en el Nombre de su Creador y de Su Unicidad con todos los aspectos de la Creación, reiteramos hoy nuestra dedicación a nuestra causa cada hora, dejando a un lado todos los pensamientos que pudieran desviarnos de nuestro santo propósito. Durante varios minutos libra tu mente de todas las disparatadas telarañas que el mundo pretende tejer en torno al santo Hijo de Dios. Y date cuenta de la frágil naturaleza de las cadenas que parecen mantener fuera de tu conciencia el conocimiento de ti mismo, según repites:


Aceptaré la Expiación para mí mismo, pues aún soy tal como Dios me creó.


REFLEXIÓN:


Hoy nos aceptamos a nosotros mismos no como somos, sino tal como Dios nos creó, porque si nos aceptamos como somos no se realizará la corrección, no sanará nuestra mente. Muchas veces decimos: “me acepto tal como soy”, pero es una frase que se usa para expresarle a otro que aún con mis defectos y mis equivocaciones no quiero cambiar; es algo así como un acto de rebeldía que algunas veces se expresa no tan amorosamente: “de malas, yo soy así…”.


Precisamente la pregunta que nos plantean hoy no es ¿quién soy?, sino ¿qué soy? y es algo muy diferente, porque el “¿quién soy” es lo que he sido hasta ahora, mi identidad, mi historia, mis experiencias, mis valores, lo que me diferencia del otro, lo que define mi carácter, lo que me define como individuo. El ¿qué soy? me define como “ser”, mi origen, mi esencia, lo universal, lo que en verdad soy. Y por eso estamos en el proceso de sanar nuestra mente, porque estamos juzgando todo a partir de la certeza de lo que creemos que somos (quién), y con esa certeza lo vemos todo y a todos: con los ojos que han forjado la certeza de “quién soy” y no de “qué soy”.


Entonces la "Expiación" “pone fin a la extraña idea de que puedes dudar de ti mismo y no estar seguro de lo que realmente eres”, o sea, lo que soy. Y cuando ya tengo claro qué soy,   "se acaban todas las decisiones”, y llega el momento de aceptarme tal como Dios me creó.


La "Expiación" nos libera de todo lo que creímos habernos hecho. Nos libera  de la imagen que teníamos de sí mismos, y al hacerlo también nos liberamos de todo lo que otros piensen que somos.  Si piensan algo sobre nosotros no habrá reacción, no habrá ataque de nuestra parte porque  nos hemos liberado de todo aquello que una vez pensamos que éramos porque ya sabemos qué somos.


Además, si yo soy la Voluntad de Dios ¿quién podría cuestionar lo que soy? Y si alguien lo cuestiona ¿tendría que enfadarme? No, esa es la respuesta cada vez que tengamos la tentación de reaccionar ante una opinión que parece que está rebajando mi estatus como ser humano. Si he aceptado la “Expiación”   estaré libre de todo  concepto que tenga de mí mismo, y que otros tengan también de mí. Me libero de acciones que se supone que tengo que realizar para sentirme bien o para quedar bien, simplemente como hijo de Dios hago lo que tengo que hacer porque las circunstancias así lo requieren, pero no necesito hacer de más o de menos para aceptarme o que otros me acepten.


La “Expiación” me recuerda que soy espíritu, “un santo hijo de Dios, libre de toda limitación, a salvo, sano  y pleno, libre para perdonar y libre para salvar el mundo”. Eso es lo que soy.


ORACIÓN:


Padre, acepto la "Expiación" porque reconozco que soy espíritu, pues aún soy tal como me has creado. Que por Tu Gracia, nunca olvide lo mucho que amo a mis hermanos porque son parte de mí, y porque Tu Amor nos incluye a todos. Amén.


LECCIÓN 365

Te entrego este instante santo. Sé Tú Quien dirige, pues quiero simplemente seguirte, seguro de que Tu dirección me brindará la paz. 1. Y si...

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